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En América Latina el feudalismo no
ha muerto. No solamente subsiste en muchos frentes e instituciones,
sino que tiende a sacar a flote, de tiempo en tiempo, sus instituciones
condenadas por la historia.
Tal vez con el propósito de mejorar o defender
las actividades e intereses de las diversas profesiones, ha sido
recurrente entre dirigentes gremiales la idea de presentar al Congreso
de la República proyectos de ley sobre la creación
de colegios profesionales de obligatoria afiliación. Por
fortuna, casi siempre estas iniciativas han recibido el rechazo
de congresistas suficientemente cultos en historia política
y principios democráticos que han impedido su aprobación.
Vuelve ahora a jugar un proyecto de ley que busca
la creación del Colegio Profesional de los Contadores Públicos
(CPCP), según información que suministró ÁMBITO
JURÍDICO en su última edición. Y se nos presenta
una nueva ocasión para exponer algunas de las consideraciones
que hacen rechazables estos intentos.
Se torna imperioso, en primer lugar, recordar que
la democracia política y la economía de mercado, fundamentos
esenciales de la modernidad y prosperidad de Occidente, sólo
pudieron crearse y consolidarse en Europa previa la eliminación
de esa gruesa costra normativa de privilegios feudales que ahogaban
las libertades individuales y el desarrollo de la ciencia, la tecnología,
la producción, el comercio y las artes. En otras palabras,
que habían detenido el progreso humano desde la caída
del Imperio Romano y hasta las revoluciones inglesa, americana y
francesa. Entre los beneficiarios del orden feudal estaban los gremios,
definidos como corporaciones privilegiadas porque disfrutaban de
poderes públicos delegados que les permitían a sus
roscas dirigentes cobrar derechos y contribuciones a sus afiliados,
impedir la competencia e imponer sus precios y, como consecuencia,
fosilizar la producción, el comercio y el desarrollo
La agremiación obligatoria, en cualquier
actividad, implica la creación de unas entidades híbridas
o bifrontes, que navegan en dos esferas de poder, la pública,
de la cual derivan poderes y privilegios, y la privada, que invocan
cuando realizan negocios de la más variada índole.
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De esta manera acaban con la libertad de trabajo
de los profesionales no afiliados de una parte y, de la otra, impiden
la libre competencia, pudiendo incurrir, incluso, en actos de competencia
desleal respecto a cualquier actividad económica en la que
se les ocurra incursionar desde su posición dominante. En
otras palabras, este bifrontismo les permite un cómodo y
descarado volte-face que induce a estos gremios de creación
legal, con poder público, a caer en incalificables desviaciones
y abusos, en formación de roscas inamovibles y corruptas
y, finalmente, en conductas mafiosas, como históricamente
se ha comprobado. (Con las imaginativas figuras que les permite
la amplitud de acción en la esfera privada, en la Edad Media
estos gremios llegaron a imponer fuertes derechos por afiliaciones,
cuotas de sostenimientos y otros aranceles a los nuevos afiliados,
mientras exoneraban de ellos a sus herederos...).
En América Latina el feudalismo no ha muerto.
No solamente subsiste en muchos frentes e instituciones, sino que
tiende a sacar a flote, de tiempo en tiempo, sus instituciones condenadas
por la historia, como fueron los intentos corporativos del fascismo.
En últimas, pensamos, ese credo responde a la inclinación
populista que tiende al estatismo y al paternalismo, algo que no
va con el hombre moderno, que ama su libertad y todas sus posibilidades
como individuo.
Debemos agregar también algo muy importante y definitivo
para rechazar este intento regresivo: la ley en proyecto sería,
a nuestro juicio, inconstitucional por cuanto pretende restringir
o eliminar la libertad de trabajo y la libre competencia consagradas
en nuestra Carta.
Otra cosa muy distinta son las agremiaciones o asociaciones profesionales
de afiliación y desafiliación voluntarias, que pueden
constituir libremente grupos de ciudadanos, bajo las normas legales
pertinentes que consagran y estimulan el derecho democrático
de libre asociación. "Todo lo que es obligatorio es,
en principio, antiliberal", dijo en frase memorable el culto
abogado, grande escritor y amigo, Pedro Gómez Valderrama.
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